#MiOtraVida/Bailar mirándose a los ojos

A lo largo de 20 años, intentamos al menos un par de veces aprender a bailar tango. Él llevaría, yo seguiría, y con eso lograríamos una coreografía fluida, sensual y elegante. O esa era la teoría.

La verdad es que al terminar cada clase estábamos tensos, si no francamente enojados. Ni él me sabía llevar, ni yo lo sabía seguir, y la coreografía no fluía, nos distanciaba y era bastante torpe. … muy frustrante. Pero cada experiencia representa también una oportunidad de aprendizaje –en este caso, el aprendizaje llegó mucho tiempo después y no estuvo relacionado precisamente con la pista de baile.

Para mí, esa anécdota se ha convertido en una metáfora muy clara de mi forma de estar en pareja en ese tiempo: peleada con mi rol de género e incapaz de salirme de él. Enojada por ello, pero suficientemente cómoda para no hacer nada al respecto.

Era algo muy sutil. No se trataba de un cliché de la pareja compuesta por la mujer sumisa y el esposo autoritario, no. En realidad, éramos una pareja joven, contemporánea, que teníamos claro que el trabajo era en equipo y que nadie le daba cuentas a nadie, sino que tratábamos de construir una relación, una familia, un proyecto de vida de manera conjunta. Y sin embargo, había ciertos comportamientos que salían de no sé dónde, y que estaban relacionados con lo que se esperaba de uno y del otro por ser hombre o mujer. Por ejemplo: si yo me enojaba, “lo normal” era que él me preguntara “Qué te pasa?” y “lo normal” era que yo respondiera, “nada”, para que –claro, era “lo normal”-, él insistiera en su investigación o, mejor aún, me leyera la mente y supiera qué era lo que había hecho mal y qué tenía que hacer para que yo recobrara mi sonrisa.  “Lo normal” era que, en el trabajo, él ganara más; “lo normal” era que él asumiera los gastos más importantes y yo pusiera “p’a los chicles”. “Lo normal” era que él creciera profesionalmente y que  yo me quedara en casa a cuidar a los niños, posponiendo mis propios sueños y metas. Y la mejor de todas, “lo normal” era que él me hiciera feliz, porque era mi esposo (y yo a él, por supuesto). Y no es una lista de quejas, al final todo esto era muy cómodo para mí –aunque tuviera un costo personal y profesional que en ese momento no era capaz de vislumbrar.

Y es que en realidad era difícil darse cuenta cuando estábamos rodeados de parejas cuyas dinámicas eran muy similares. No fue sino hasta que, años después de divorciada, me encontré en pareja con una mujer, que me di cuenta.

La primera revelación vino desde la primera vez que salimos. Bien instalada en mi rol de género, estaba acostumbrada a ser yo la invitada si un pretendiente me invitaba a salir. En esta ocasión, sin embargo, la cosa era diferente. Ella era mujer. ¿A quién le tocaba pagar entonces? Lo resolví rápido: la gay era ella, así que ella pagaría. Y lo hizo sin quiera preguntarme, por lo que olvidé mi preocupación y volví a acomodarme en mi zona de confort. Por supuesto que a la tercera vez que salimos ella me hizo una aclaración: “Siento que me estás tratando como si fuera un hombre. A mi me da mucho gusto invitarte, pero también esperaría que tú pagaras algunas otras veces”. Debo confesar que fue un poco incómodo. Y no porque nunca hubiera yo sido quien invitaba tanto en pareja, como entre amigos, sino porque me di cuenta de que efectivamente, estaba actuando inconscientemente desde unos supuestos que no aplicaban en esta nueva situación.  No era predecible, se salía de los roles que siempre había jugado y me sentía un poco perdida –además de apenada, por supuesto.

Luego, cuando tuvimos nuestro primer desencuentro y, al verla molesta se me ocurrió preguntar: -¿Qué te pasa?—, ella respondió, con una cara más tensa que un lienzo para pintar–, nada. Mi cerebro tuvo un corto circuito. ¿Cómo de que nada? A ver, espera, ¡ese es MI argumento! ¿Por qué lo dice ella? Y qué se supone que haga ahora…. ¿adivinar? Tuve un flashback  a mi vida pasada y me compadecí de quien fuera mi esposo durante 15 años. ¿Cuántas veces no le di esa respuesta sintiéndome con el derecho a que él me adivinara? ¿Cuántas veces no puse en sus manos la resolución de nuestros conflictos? ¡Qué papel tan difícil el de llevar a la pareja en el tango de la relación y, con ello, recibir la responsabilidad del éxito de la relación y, en pocas palabras, de hacer feliz al otro!

En esta nueva relación estos supuestos no tenían lugar. Para empezar, simple y sencillamente, porque no había un hombre y una mujer, así que los roles y las expectativas de género eran inoperantes. Ambas éramos mujeres, con la complejidad y la riqueza que ello implica. Y al no haber un hombre en la relación que llevara el tango, no me quedaba otra más que hacerme cargo de mí misma y dejar de esperar que fuera ella quien llevara el paso, resolviera los conflictos, adivinara mis pensamientos, ni se hiciera cargo de mí. Era un poco amenazante, pero también empoderante. Y una vez asumido todo esto, el baile de verdad comenzó.

Pero no era un tango lo que estábamos bailando… más bien me di cuenta, de que estábamos aprendiendo a bailar sueltas. Bailar sueltas es muy fácil, sigues tu propio ritmo, giras sobre tu propio eje, decides tus movimientos y terminas por fluir con la música como si fueras parte de ella. La tentación de cerrar los ojos puede ser mucha, pero ahí está el truco: si cada una baila por su cuenta sin mirarse, el riesgo de tomar rumbos distintos y terminar bailando cada una frente a su propio espejo en lados opuestos de la pista era mucho. El chiste aquí era bailar sueltas pero juntas, atentas a los movimientos de la otra, a las señales que nos indican si es ella quien quiere llevar, o si es nuestro propio turno de poner el paso; atentas a lo que la otra nos comunica con sus movimientos, coqueteos o miradas; conectadas en esta  maravillosa capacidad de dos seres completos que pueden bailar cada uno por su cuenta, pero que deciden compartir la danza de la vida con el gozo de conectar con la mirada.

No creo que esta manera de bailar sea exclusiva de las parejas del mismo género.  Lo que sí creo es que los roles preestablecidos de los que a veces ni siquiera tenemos consciencia, limitan de manera importante nuestra capacidad individual de ser parte responsable y activa en el crecimiento de nuestra pareja.  Mi anhelo es que, al estar en pareja, hombres y mujeres nos demos cuenta y optemos por Bailar sueltos, mirándonos a los ojos.

LILYAN Y MAYA 2016 (1)Sobre la autora

Lilyán de la Vega es Coach de Vida, Instructora de Meditación, Conferencista, Activista por la Sororidad y Autora del libro Lecciones para Volar para una Bruja Moderna, publicado por Ediciones B. Trabaja todos los días en transformar el mundo, a través de la Sororidad, en uno más incluyente y amoroso para ellas y ellos.  Sus mejores maestros de lo que es importante en la vida son sus hijos S., de 16 años y R., de 9, con quienes aprende cada día el significado de vivir en el presente y atreverse a ser feliz.

 Correo electrónico: delavega.lilyan@gmail.com

feis Transformación Personal desde lo Femenino.

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