Cuando las mujeres nos unimos, no es en contra de los hombres, sino a favor de ambos

Columna #Mi otra vida. Por Lilyán de la Vega. Que nadie nos diga cómo ser mujeres o cómo ser hombres. Sólo seamos. 

Llevo un par de décadas trabajando con el tema de las mujeres. Me asumo feminista y me he abocado al activismo por la sororidad, o dicho de otra forma, por la construcción de relaciones solidarias y leales entre las mujeres y la desarticulación de los mandatos sociales que nos han educado para ser enemigas.

A menudo, cuando hablo de estos temas que me ocupan y me apasionan, mi trabajo se malinterpreta, se piensa que trabajo a favor de que las mujeres nos unamos en contra de los hombres. En la reflexión del día de hoy quiero aclarar esto y, categóricamente, afirmar que esa percepción es equivocada. Mi trabajo es por y con las mujeres, y en una perspectiva amplia, beneficia tanto a mujeres como a hombres. Explico por qué.

En primera instancia porque promover la sororidad pasa por un supuesto atrevido: si las mujeres fuéramos sororales –solidarias, leales-, en vez de competitivas entre nosotras, veríamos que al menos la mitad de los obstáculos que nos presenta la sociedad machista en la que vivimos, desaparecerían. Lo que implica, en un silogismo casi obvio, que no sólo los hombres no son los responsables de todos nuestros problemas, sino que somos las mujeres las que más nos obstaculizamos entre nosotras en un mundo que, sí, efectivamente, presenta muchos retos de inequidad para las mujeres. Así pues, ser sororal, pasa también por dejar de echarle la culpa a los hombres de todos mis problemas y hacerme cargo yo –y  mis congéneres- de mi propia vida, de mi misma y de mi posibilidad de ser feliz.

Por otro lado, hay que decir que si bien es cierto que los roles de género establecidos en nuestras sociedades machistas limitan mucho el quehacer y el potencial femenino en torno a nuestra capacidad de ser autónomas e independientes –debido a la inequidad en las oportunidades de acceder a la salud, la educación y los puestos de trabajo justamente remunerados, entre otros-, no sólo limitan nuestro quehacer y nuestro potencial, sino también el de los hombres, aunque en sentidos distintos.

Gracias a estos roles de género establecidos, los hombres no tienen derecho a aspectos fundamentales de la experiencia humana, como lo son la sensibilidad, la creatividad, la vulnerabilidad y hasta el ocio. Y no porque haya una ley que se los prohíba –como no la hay que prohíba la educación o la remuneración justa para las mujeres-, sino porque hay expectativas sociales que castigan lo contrario: los hombres no lloran, esa carrera es para viejas, tú tienes que ser fuerte porque eres el hombre de la casa, y ponte a trabajar porque un día tendrás que mantener a una familia. Los mandatos sociales para los hombres son, desde mi perspectiva, cargas pesadísimas sobre sus hombros que los limitan. Ojalá pudieran ser reconocidos simplemente por quienes son, en vez de verse constantemente expuestos a la comparación con el estereotipo masculino vigente: feo, fuerte y formal (o más contemporáneo: rompecorazones, poderoso y rico).

Pero si tú eres feminista, ¿desde cuándo te importa esto?, suelen preguntarme algunas personas con sospecha. Me importa porque es justo, y también porque me doy cuenta, desde mi experiencia personal, de que la equidad en los derechos femeninos por la que tantos años he trabajado, es interdependiente de la equidad de los derechos masculinos –suena obvio pero a veces no parece serlo tanto-.

A ninguna de las dos partes nos hace bien que nos metan en cuadritos de los que no podemos salirnos para cumplir con los mandatos sociales; ninguno puede manifestar todo su potencial dentro de esos límites; donde a  uno se le impone una carga demasiado pesada, al otro se le niega una posibilidad de gozo. Por ejemplo: si ella no tiene derecho a ganar lo mismo que él por un trabajo idéntico, ella desarrollará una condición de dependencia y él una obligación de ser el proveedor principal. Si ella debe quedarse en casa con los niños y es mal visto que prefiera salir a trabajar por su propia realización personal, él debe estar afuera para ganarse el pan y perderse de su derecho a convivir y gozar de sus hijos.

Y si nos vamos a un análisis más complejo, se genera también toda una lucha de poderes y manipulaciones que hacen todo menos favorecer las relaciones entre géneros y, en cambio, sí perpetúan la guerra.

También me importa porque soy mujer, pero tengo un padre al que le cuesta trabajo expresar sus emociones, un ex esposo generoso y responsable (y sobre estresado por la carga económica que no logro disminuir por más esfuerzos que realizo –y porque en su momento asumí el rol que “me correspondía” dándole prioridad a su desarrollo profesional sobre el mío) y un hijo al que no quisiera heredarle un destino limitado por las expectativas sociales.

Aspiro a que nuestro trabajo a favor de la equidad tenga una visión incluyente del otro género, y que hagamos conciencia de que ésta, vista desde una perspectiva de largo plazo, nos beneficiará a todos. Por cierto, ¡espero que hayan pasado un feliz día del Padre!

Lilyán de la Vega es Coach de Vida, Instructora de Meditación, Conferencista, Activista por la Sororidad y Autora del libro Lecciones para Volar para una Bruja Moderna, publicado por Ediciones B.

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