El deseo de enseñar ¿basta para ser buen docente?

¿Sonaré muy radical al decir que un maestro o director de escuela debería tener estudios superiores o, al menos, interés en desarrollarlos? Me parece que no.

Hace algunos días platicaba con una amiga, y pensábamos en las consecuencias de que la cabeza de una institución careciera de estudios o tenga los mínimos. El asunto no es demandar una nueva exigencia que deban cargar sobre sus hombros, pero ¿cómo puede transmitir deseo de pensar, deseo de aprender, o en resumidas cuentas, deseo de estudiar cuando ese deseo no existe en él?

De no existir el deseo de conocer, de aprender, de pensar o cuestionar, no podría ni siquiera generarlo en otra persona sólo que por la vía de la imposición (“porque así debe de ser”, “los buenos alumnos tienen que estudiar”) o simplemente como parte de un intercambio mercantilista (“si los padres de familia están pagando por una educación de calidad, tendremos que estar a la vanguardia de la educación”).

Yo no podría juzgar ninguna de estas posiciones como buena o mala, al final también es válido que no resulte gratificante pensar, pero si queremos transmitirlo y fomentarlo, se vuelve necesario que para el docente lo sea, así como para equipo que lo sostiene.

Quizás suene como una obviedad pero enseñar requiere de deseo. Al menos la buena enseñanza necesita del deseo para existir, y si falta o si se ha mermado por las múltiples condiciones sociales que rodean a la enseñanza, se vuelve casi imposible la creación de un espacio educativo. ¿Cómo favorecer el deseo de enseñar en los maestros y el deseo de aprender de los estudiantes? ¿Cómo trabajar las situaciones bajo las que se aniquila tal deseo? Pienso que lo primero es señalarlas, así como poder pensar en ellas.

Ahora bien, el asunto tampoco puede ser imponer un grado superior específico a los maestros o directivos, porque finalmente, eso tampoco prueba que tales cursos, maestrías o diplomados, hayan sido cursados con deseo. Sin embargo, habría que pensar en cómo podría evaluarse el deseo de enseñar en alguien que, a su vez, depende económicamente de ello. ¿A mayor deseo de estudiar, mayores estudios? O quizás, ¿a mayor deseo de pensar, mayor cantidad de vínculos con espacios donde se favorezca el pensamiento?

No creo que haya una sola respuesta, ni tampoco el nivel de ingresos que lo pueda reflejar. Lo que sí queda claro es que la institución educativa debe cumplir efectivamente su labor como transmisora y productora de conocimiento; el maestro transmite desde su deseo de pensar, lo que quizás pueda entorpecerse a veces con su deseo de estabilidad económica y certidumbre laboral.

Con todo esto les pregunto: ¿en el intercambio con un adolescente, qué tanto favorecemos el cuestionamiento del orden social y de la vida misma o más bien nos instalamos en amos de todo conocimiento o comandantes del deber ser? Y en vistas más generales, ¿qué tanto nos sostenemos en la vida a través del deseo?

Julián Gómez Sepúlveda

Psicoterapeuta psicoanalítico enfocado al trabajo clínico con adolescentes y adultos. Egresado de Posgrado de la UNAM donde hizo la maestría y donde también cursó un diplomado sobre psicoanálisis y educación. En la misma línea, es docente universitario desde hace 5 años, luchando así por favorecer el pensamiento desde diferentes trincheras.

Correo electrónico: gomez2189@gmail.com  Síguelo en Twitter: @JuGomez21

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *