¿Invadir o no el espacio adolescente?

¿Qué tanto vale la pena invadir, cuestionar o confrontar al adolescentes? ¿Qué tan necesario es hacerlo en un preciso momento  y, sobre todo, hasta qué punto podría afectar la relación con los padres?

En la publicación anterior (8 de junio, 2017) hablaba sobre la recámara del adolescente y su importancia para su desarrollo como persona. Sin embargo, surgió una pregunta que trataré de responder: ¿cuándo invadir o no su espacio?

Y es que si conviene respetar el espacio, tiempo y autonomía del joven, ¿bajo qué condiciones tendrían los padres que intervenir abruptamente? ¿Realmente puede sostenerse que el espacio adolescente solo le pertenece a él y puede hacer en él lo que desee?

Sorprende que los padres y los maestros no noten la apatía, violencia, resistencia o cualquier manifestación de conflicto en los adolescentes, y parece fácil preguntarnos ¿cómo es que no notaron esto? ¿Por qué no hicieron nada? Me parece que la respuesta no es tan sencilla.

Todos tenemos limitaciones para actuar: nuestras historias, nuestra capacidad de intervenir, los vínculos que tenemos, incluso las circunstancias específicas obstaculizan lo que podemos hacer. Y el asunto, considero, que es esencialmente el mismo: ¿qué tanto puedo atropellar la autonomía de otro para reconducirlo? ¿Qué tanto es mi responsabilidad la forma en que él/ella conduce su vida? Y lo que es más, ¿mi forma de pensar es la que debería seguir el adolescente?

Creo que el asunto se remite al vínculo que tenemos con el chico o chica en cuestión, y a la gravedad de la situación que sospechamos pueda estar ocurriendo.

Sin duda la invasión generará rencor (porque atenta contra mi intimidad) pero también es posible que esta sea la única vía para asegurar la vida e integridad del joven. Algunos ejemplos podrían ser: un joven está cultivando hongos alucinógenos en su cuarto para venderlos, una chica púber elige ceder a las presiones de un amigo secreto en Facebook que resulta ser un adulto señalado como integrante de una red de trata, un chico ha decidido comprar un arma para vengarse de otros jóvenes que lo molestan en la escuela… ¿Qué tanto vale la pena invadir, cuestionar o confrontar al joven? ¿Qué tan necesario es hacerlo en ese preciso instante y, sobre todo, hasta qué punto podría afectar la relación con los padres o maestros?

La realidad es que como padres y maestros transmitimos una cultura y fomentamos cierta forma de vivir que no necesariamente es la ideal ni la mejor. Hace mucho tiempo se han caído para nosotros los ideales de perfección y belleza, para aceptar la vida como es; con la inseguridad y dolor que siempre existen, pero también con algunas estrategias para evitarlos.

Si vivimos en un barrio muy peligroso y nuestro hijo desea salir en la noche, ¿qué tan realista es decirle que no lo haga? ¿Hasta qué punto podría seguir prohibiéndoselo o aislándolo en casa como una estrategia para hacerle frente?

 

Si la pregunta es cuándo invadir el espacio adolescente, la respuesta no es corta ni sencilla porque siempre nos colocará en una situación enigmática frente al otro, a nosotros mismos, a nuestra historia, los vínculos, lo realista de nuestros temores y gran incertidumbre que nos rodea…

Julián Gómez Sepúlveda

Psicoterapeuta psicoanalítico enfocado al trabajo clínico con adolescentes y adultos. Egresado de Posgrado de la UNAM donde hizo la maestría y donde también cursó un diplomado sobre psicoanálisis y educación. En la misma línea, es docente universitario desde hace 5 años, luchando así por favorecer el pensamiento desde diferentes trincheras.

Correo electrónico: [email protected]  Síguelo en Twitter: @JuGomez21

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