Terremoto #19S: emociones, reflexiones y regalos de la adversidad

El sismo del 19 de septiembre nos dejó la renovada certeza de que podemos contar unos con los otros. Estos son los regalos de la adversidad. Profunda gratitud. Por Lilyán de la Vega.

Primero fue el miedo. Nunca lo había sentido durante un temblor; hasta antes del pasado 19 de septiembre de 2017, para mí eran fenómenos de la naturaleza que me asombraban, e incluso me emocionaban. Siguen asombrándome, pero esta vez sí me asusté. Estaba en mi oficina, con dos personas que en ese momento sentí bajo mi responsabilidad. Hubo un momento en que pensé que se rompería el piso. Fuimos muy afortunadas; sólo fue el susto. Minutos después la sorpresa: el epicentro tan cerca, los daños en los pueblos aledaños, en los más lejanos, en todo Morelos, en Puebla, donde vive mi hija, en Oaxaca, en el Estado de México y en la capital del país. A buscar a mi hija, y el alivio de saberla a salvo. Llegar a casa y asegurarse de que todos estuvieran bien, la familia, nuestros gatos, nuestra perrita Maya. A llamar a los seres queridos, a comunicarse con los amigos, a recibir a mi hijo que llegó asustado de la escuela… Llegó, qué bendición.

Después vinieron las noticias, las fotos, los videos que apenas podían cargarse por la falta de señal de internet, los mensajes de los amigos impresionados por la destrucción que veían a su alrededor. Las llamadas de la familia y los amigos que viven lejos preguntando si estábamos bien. La tragedia tan cerca y a la vez la bendición de no ser víctimas de ella. La decisión de ser protagonistas, cada uno en la medida de nuestras posibilidades: preparando sándwiches de amor para los brigadistas, recolectando donativos de víveres, de artículos de higiene personal, de ropa, de medicamentos. Transportando donativos a los centros de acopio, llenando el auto familiar de cajas de despensas y yendo a buscar a las familias que más lo requirieran en los pueblos de nuestro estado.

Y de nuevo el asombro: todos los pueblos en nuestra ruta tenían montañas de ayuda en las plazas, en los centros de acopio; incluso los patios de las casas caídas, tenían sus mesas repletas de despensas y demás donativos que habían llevado voluntarios antes que nosotros; los caminos vecinales llenos de carros con cartulinas fosforescentes pegadas en los vidrios: Fuerza México, Ayuda para Morelos, Estamos con Ustedes.

Y las redes que advertían: que si estaban guardando las despensas donadas en bodegas del DIF, que si no hay que entregarle la ayuda al gobierno, que no dejan pasar a los pueblos más afectados, que hay comunidades aisladas a las que no ha llegado nada de ayuda, que Frida Sofía no existió; y la constante difusión de las noticia falsas: que si la ONU predijo un mega sismo en cualquier momento, que si el Popocatépetl iba a hacer erupción, que si los dueños de inmuebles tenían que entregar documentos para recibir recursos del FONDEN, que si iban a parar las labores de rescate antes de tiempo, y la gente las viralizaba en un estado de histeria colectiva generando más confusión.

La mezcla de sentimientos era evidente: Por un lado, una emoción profunda, plena, de sentir la solidaridad masiva, de sentirnos parte de algo grande, de percibir lo que quiere decir la palabra comunidad. Por otro, angustia e impotencia ante lo inmenso del reto para muchas, muchísimas familias que lo perdieron todo. Incertidumbre, ganas de hacer más, mucho más, desorganización, confusión, llanto a flor de piel, compromiso, desgaste, tensión, entrega, esperanza…

Aprendizajes y regalos, muchos. El recordatorio inminente de nuestra vulnerabilidad, de la impermanencia que a veces no queremos ver y que es inherente a nuestra existencia; el increíble poder de las cadenas humanas, de la cooperación; el espontáneo surgimiento de nuestra bondad innata, de nuestra irrenunciable compasión; la fuerza que no sabíamos que teníamos, para cargar cajas o escombros día tras día, para contener a otro ser humano que se desmorona, para sonreírle a un niño y tranquilizarlo aunque nosotros mismos tuviéramos miedo; la calidez de sabernos acompañados, contenidos, por los demás, a través de una botella de agua, de una torta, de un abrazo, de una sonrisa, de una mirada amorosa. Esta renovada certeza de que podemos contar unos con los otros. Estos son los regalos de la adversidad. Profunda gratitud.

 

 

 

 

 

 

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